La relación entre el espacio inmersivo y el Quattrocento aparece principalmente en la manera en que ambos construyen la profundidad y guían la mirada del espectador mediante el uso de la perspectiva. Igual que en muchas obras quattrocentistas, el cuadro de Darío Urzay utiliza líneas rectas, composiciones simétricas y un punto de fuga central que dirige visualmente al usuario hacia el fondo de la escena, generando una sensación de distancia y trascendencia.El espacio inmersivo traslada estos principios pictóricos a la arquitectura y al recorrido físico del visitante. Las líneas rectas de paredes, luces y estructuras acompañan constantemente la dirección de la mirada, haciendo que el usuario avance hacia un único punto central, igual que sucede en las composiciones renacentistas. Esta construcción espacial convierte al espectador en parte activa de la perspectiva, haciendo que no solo observe la profundidad, sino que la habite físicamente.Además, el suelo refuerza esta intención mediante una ilusión óptica inspirada directamente en los recursos visuales del Quattrocento. Las baldosas se estrechan progresivamente entre sí a medida que avanzan hacia el fondo, manipulando la percepción del espacio y generando una sensación artificial de profundidad y lejanía. Aunque la distancia real no cambia, el usuario percibe el recorrido como más largo e inalcanzable, reforzando emocionalmente la idea de búsqueda y de distancia temporal presente en la obra.De esta manera, el espacio y el cuadro comparten un mismo lenguaje visual: ambos utilizan la perspectiva no solo como recurso estético, sino como herramienta emocional capaz de alterar la percepción del espectador. Igual que en el arte quattrocentista, la profundidad no sirve únicamente para representar un lugar, sino para conducir simbólicamente al usuario hacia una experiencia contemplativa y casi trascendental.