Los sonidos dentro de la experiencia funcionan como una memoria emocional compartida. No aparecen únicamente para ambientar el espacio, sino para construir una sensación colectiva de nostalgia impasible, donde pasado, presente y futuro conviven de manera silenciosa. Al comienzo del recorrido, el usuario escucha murmullos lejanos, conversaciones difusas, ecos cotidianos y sonidos difíciles de identificar con claridad. Son fragmentos sonoros que recuerdan a recuerdos incompletos: voces que parecen familiares, pero imposibles de situar en un momento concreto.A medida que el recorrido avanza y el espacio se vuelve más silencioso, la presencia de Izarren Hautsa comienza a emerger lentamente. La canción aparece casi como un recuerdo enterrado que vuelve a la superficie. Su significado conecta directamente con la atmósfera de la obra y del espacio: la idea de que somos “polvo de estrellas” transforma la experiencia en algo más universal, donde la nostalgia deja de ser únicamente individual para convertirse en memoria colectiva.La canción no rompe el silencio; lo acompaña. Su tono melancólico y pausado refuerza la sensación de tiempo detenido que genera el espacio. Igual que ocurre con la luz, las sombras o el mármol frío, el sonido permanece suspendido, creando una emoción contenida y permanente. Los ecos cotidianos, las voces lejanas y la música construyen así un paisaje sonoro que conmueve desde la quietud, haciendo sentir al visitante que habita un recuerdo que nunca terminó de desaparecer.