“tiene un componente de invitacion a la evocacion mistica,
lineas rectas, ascendentes … todo parece llevar a una lociga de cierta epifania”

- Igor Ahedo -

Igor Ahedo – Sociólogo y profesor de la UPV/EHU

La entrevista realizada con Igor Ahedo permitió ampliar el planteamiento inicial de la experiencia inmersiva más allá de una dimensión puramente estética, llevándola hacia una perspectiva sociológica, simbólica y emocional. Desde el inicio, el autor valoró la propuesta como una línea de trabajo con gran potencial, afirmando que “la propuesta me parece extremadamente interesante”, y especificando que su aportación consistiría en “una visión de qué es lo que veo, cómo lo interpreto sociológicamente”. Esta perspectiva traslada la experiencia más allá de la percepción individual, hacia una comprensión más amplia relacionada con la memoria, el contexto social y la construcción cultural del significado. Uno de los primeros elementos que analiza Igor es la atmósfera emocional y espacial de la obra. En sus palabras, la imagen activa “unas sensaciones muy amplias y también muy difusas”, vinculadas con la “nostalgia”, pero que al mismo tiempo contienen “una frialdad cálida”. A través de esta aparente contradicción, define el espacio como “un espacio neutro, pero que a su vez invita al recogimiento”. Esta interpretación refuerza el objetivo de la experiencia inmersiva: generar en el usuario una pausa sensible que favorezca la introspección y la conexión emocional con la obra. En un análisis más profundo, identifica un componente místico y epifánico dentro de la composición. Las líneas rectas y ascendentes, la luz blanca del fondo y la estructura central que puede interpretarse como una cruz generan “una lógica de cierta epifanía, de elevación mística”. Esta idea conecta directamente con la propuesta inmersiva, convirtiendo el recorrido del espectador en una experiencia casi ritual, donde el silencio, la luz y la composición conducen hacia un estado contemplativo. Según sus palabras, esta lógica “encaja muy bien con la composición que tú has hecho jugando con lo blanco que viene por detrás, lo oscuro, esa invitación al silencio”. Una de las aportaciones más enriquecedoras de la entrevista es la lectura temporal de la obra, entendida como un diálogo entre pasado, presente y futuro. Según Igor, aquello que aparece detrás de la ventana sugiere “una especie casi como de encarnación de un pasado que a su vez, con una perspectiva ascendente, se puede convertir en futuro”. A partir de ahí introduce conceptos sociológicos como la retrotopía, entendida como una proyección hacia el futuro que no abandona la memoria colectiva. De esta manera, la experiencia deja de ser únicamente sensorial y pasa a invitar al visitante a reflexionar sobre su relación con el tiempo, la memoria y las expectativas compartidas.
Inserción de “Izarren hautsa” como eje de la experiencia
Una de las aportaciones más importantes de Igor Ahedo fue incorporar la canción Izarren hautsa como eje narrativo y emocional del recorrido. Esta propuesta nace de la necesidad de conectar la experiencia individual con una dimensión colectiva e histórica. Según él, “yo añadiría a esta composición un elemento visual que le dotara de fuerza a esta imagen”, y sugiere que, a medida que el ambiente sonoro se suaviza, aparezca la canción, dentro del contexto de “hemos empezado con voces que nos recuerdan nuestros pasados”. La elección no es casual. Igor explica que “escuchar Izarren Hautsa, que nos habla de que somos polvo de estrellas, además yo creo que encaja muy bien con esa especie de polvo que está flotando”, relacionando así el contenido de la canción con los elementos visuales presentes en la obra. Esto refuerza la dimensión simbólica de la experiencia, incorporando ideas como identidad colectiva, memoria, utopía y construcción cotidiana. En sus palabras, “nos habla de la clase obrera, nos habla de los ideales, nos habla de las utopías”, y por ello se convierte en uno de los ejes principales de la propuesta inmersiva. Además de la música, Igor propone incorporar una capa sonora colectiva: sonidos de juegos infantiles, ruidos del trabajo, conversaciones de la calle, ambiente de barrio o elementos identitarios como la Txalaparta. Esta transición de lo individual hacia lo colectivo refuerza la dimensión social de la obra y evita que la experiencia se convierta en algo “excesivamente individual, excesivamente descontextualizada”. Su principal preocupación es que el visitante no viva únicamente una epifanía íntima, sino que consiga situarse “desde los recuerdos, pero también desde las expectativas del futuro”.